Proust compró con una vida y siete volúmenes el instante mágico vislumbrado desde un coche en los campanarios de Martinville. Pero tenía que ser Borges, el ciego sagaz, quien encerrara en su diminuto Aleph el símbolo buscado por todos los cuentistas. Y nos dijo también, con su ironía, dónde debía colocarse el espectador tocado por el dedo de la fortuna para captar en la minúscula bolita, el objeto que el arte busca incesantemente.
El cuento, como la poesía, está hecho de puro símbolo; es lirismo vibrante, que requiere varias lecturas para apartar la neblina que nos oculta aquello situado a dos pasos, y que no es otra cosa que nosotros mismos.
